sábado, 19 de enero de 2008

Llegan las fiestas de la "vaquilla" de San Sebastián, las más originales de nuestro pueblo

PROGRAMA DE LAS FIESTAS DE "LA VAQUILLA"

SÁBADO, 19 ENERO: CANTICOS A SAN SEBASTIAN
Tarde-noche: Ronda por las calles de cofrades y dulzaineros
12 noche: Cántico a San Sebastián y a las ánimas benditas
00:15: Cantos en la puerta del Sr. Cura
00:30: Invitación del señor Cura

DOMINGO, 20 ENERO: DIA DE SAN SEBASTIAN
Por la mañana:Diana
12 mediodía: Misa, procesión y mandas al Santo.
3 tarde: Convite en la casa de la Hermandad
12 Noche: Suelta de la Vaquilla
Madrugada: Invitación a migas y vino tinto

LUNES, 21 ENERO: DIA DE LA VAQUILLA
12 mediodía: Suelta de la Vaquilla
3 Tarde: Convite en la casa de la Hermandad
5 tarde: Se "mata" a la Vaquilla en la Plaza

MARTES, 22 ENERO: DIA DE CUENTAS
Se liquidan las deudas originadas por las fiestas

La vaquilla llega a la Plaza en la tarde del 21 de enero
El alcalde es apaleado por disparar a la vaquillaLa vaquilla muerta es trasladada rápidamente al Ayuntamiento






"La fiesta propiamente dicha empieza el día 19 de Enero con la asistencia al oficio de vísperas en la Iglesia Parroquial, salva de cohetes, vuelta al pueblo con los dulzaineros e invitación a las Autoridades. Durante ésta y las siguientes vueltas al pueblo (que son muchas), el hermano más moderno ejerce el cargo de Botero, portando una gran bota de vino y ofreciéndoselo a los hermanos en las paradas acostumbradas y, en general, a todo el que guste de probarlo. Seguidamente se cena en la casa de San Sebastián para, después de dar la preceptiva vuelta por el itinerario acostumbrado, acudir a las 12 de la noche a cantar al Santo. Consiste este cántico en unas octavas de salutación y ronda a San Sebastián, a las ánimas y a todos los santos cuya imagen está presente en la Iglesia; los entona un hermano y los repiten los demás, intercalándose un contracanto con la dulzaina y el tambor:

El día 20 —fiesta de San Sebastián, mártir—, se inicia con toque de diana por las calles del pueblo. A las 12 de la mañana, los Cofrades (que previa-mente se han reunido en la casa de la Hermandad), se dirigen a la Iglesia precedidos por los músicos y el Alcalde de la Cofradía quien, como signo de su autoridad, porta una larga zarza triguera a modo de báculo, la que, después de la Misa, será colocada en una de las vigas del techo de la casa. Acabada la misa solemne y la procesión por las calles del pueblo, antes de introducir la imagen en la Iglesia, es depositada en el suelo del atrio mientras los Cofrades y devotos en general, proclaman sus mandas al Santo, en forma de libras de cera. Seguidamente, se ofrece a autoridades y pueblo en general un convite en la casa de San Sebastián, para —más tarde— reunirse todos a comer en el mismo lugar. La Alcaldesa y esposas de hermanos que la ayudan, preparan las viandas, mientras que, de poner la mesa, servirla y recogerla se ocupan los hermanos que previamente ha mandado el Alcalde. Durante las comidas se cede el puesto preferente (junto a la imagen del Santo), a los hermanos más antiguos; no se empieza a comer hasta que no están todos servidos y lo ordena el Sr. Alcalde; al acabar de comer, uno de los hermanos más ancianos, reza una oración de acción de gracias y otra por los hermanos difuntos; sólo después de este rezo se autoriza a fumar y a levantarse de la mesa; durante las comidas, Juntas, Cabildos, etc. todos los hermanos deben tratarse respetuosamente de usted; si alguno contraviene ésta u otras normas de buen comportamiento, será sancionado por el Cerero con media, una o más libras de cera.

A las 12 de la noche, después de que los hermanos han cambiado sus galas de fiesta por las ropas más viejas y extravagantes que encuentren en baúles y sobrados, se da suelta a LA VAQUILLA DE SAN SEBASTIÁN. Previamente, se habrá dado una vuelta al pueblo, avisando con una especie de toque de zafarrancho, repetitivo e inquietante, del peligro que se avecina. Consiste La Vaquilla en un Cofrade encajado entre un artilugio compuesto por dos palos en cuyos extremos van acoplados una cornamenta de bóvido y un rabo de lo mismo y vistiendo un capisayo rojo a modo de poncho; acompañan a La Vaquilla, una tropilla de 6 u 8 Cofrades jóvenes, con cencerros colgando de la cintura a modo de cabestros, todos ellos con la cara enharinada y grandes bigotes y patillas pintados con hollín, lo que les confiere un terrorífico aspecto. Precedidos por los dulzaineros que atacan una antigua melodía a tono con el suceso, recorren las calles del pueblo persiguiendo al personal chico, mozo y maduro, mientras el resto de los hermanos, provistos de garrotes y dando grandes voces, procuran que La Vaquilla no se desmande ni se sobrepase, aunque todos acabarán sufriendo sus acometidas, cornadas, pellizcos, etc.

Concluida la correría y puesta La Vaquilla a buen recaudo en la casa, se ofrece a todo el pueblo una invitación a migas y vino tinto, a modo de desa-gravio por los desmanes sufridos; entretanto, la dulzaina y el tambor amenizan el festejo con lo mejor de su repertorio clásico: jotas, redondones, «muiñeiras», rumbas, pasodobles, etc., entre la alegría y el jolgorio del personal «hasta que las cabrillas van altas».

El día 21 de Enero —día de La Vaquilla—, se inicia asistiendo a una misa rezada que se aplica por los hermanos difuntos; después de un tentempié de magras a la brasa y buen vino de Navalcarnero, sobre las doce de la mañana se suelta nuevamente a La Vaquilla: después de enconadas discusiones entre los partidarios de no soltarla y los que opinan lo contrario, acaban imponiéndose los últimos y La Vaquilla, acompañada por sus cabestros, vaqueros, tratantes y demás figurantes, irrumpe por segunda vez en las calles del pueblo sembrando el terror entre chicos y grandes, la sorpresa entre los forasteros (a quienes tiene especial querencia), y el saqueo en algunas cocinas y despensas, sin que falte el imprescindible concurso de bota, botero, gaitero y tamborilero, con profusión de cohetes, petardos, bromas y algarabía. Después de prolongada y accidentada correría diurna, se consigue reducir a La Vaquilla y cerrarla en la casa sobre las tres de la tarde, hora en que los Cofrades y algún invitado más, restauran sus ya menguadas fuerzas con una suculenta comida, durante la cual —no obstante la euforia— se observarán las normas de compostura ya descritas. Para llamar a los rezagados y anunciarles la hora de la comida, se hacen sonar unas enormes y antiguas caracolas que se conservan para este fin.

A las cinco de la tarde aproximadamente, después de otra larga serie de discusiones sobre la conveniencia o no de soltar a La Vaquilla y de que repetidamente se haya tapiado la puerta de la casa con ramaje por los más prudentes y derribado por los más osados, vuelve a salir La Vaquilla con toda su cohorte. Esta será su última correría por el pueblo.

Después de un recorrido —ya más breve—, por el itinerario acostumbrado, rendirá su fiereza en la plaza del pueblo a manos del Alcalde de la Hermandad. Aún le quedan fuerzas para acometer al gentío y atropellar a quien se le ponga delante, pero sus minutos están contados; ya sin el auxilio de sus mansos, se escucha un tiro de escopeta —que afortunadamente no le alcanza— disparado por el Alcalde quién, inmediatamente, empieza a recibir una lluvia de garrotazos sobre sus bien almohadilladas espaldas. Después de un breve escarceo por la plaza, vuelve el taimado Alcalde a disparar su escopetón, alcanzándola esta vez en una pata; el «animal» cojea visiblemente herido, se revuelve, embiste, se toma un gran trago de vino, pero su buena casta le impide huir: acomete una vez más al Alcalde refugiado entre la multitud, dispara éste por tercera vez y ... es el fin: La Vaquilla de San Sebastián cae fulminada: mueve una pata, da unos esparavanes y muere arrojando por la boca el último trago de vino que tomó. Arrecia la lluvia de palos sobre las costillas del infame Alcalde, quién —para salvar su vida— corre a refugiarse en el Ayuntamiento, desde cuyo balcón, un Cofrade acaba de arrojar sobre el gentío desprevenido, un caldero de vino tinto con agua, simulando la sangre de La Vaquilla mientras una traca atruena el aire proclamando el final de La Vaquilla y de la fiesta.

Se recogen los bártulos y —apesadumbrados—, los Cofrades regresan a su casa común para, al amor de la lumbre, reponer fuerzas y comentar los sucesos del día hasta la hora de la cena."

(Extraido del folleto "La Vaquilla de San Sebastián". Reeditado por el Ayuntamiento en 2006)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

ESTAS FIESTAS SE LLAMA DE SAN SEBASTIAN Y LA VAQUILLA NO DE LA VAQUILLA DE SAN SEBASTIAN.
SE CELEBRAN EN HONOR A SAN SEBASTIAN MARTIR POR LO TANTO DEBERIAN DE CAMBIAR EL TITULO DEL ARTICULO.
PRIMERO ES SAN SEBASTIAN QUE ES EL PATRON DE LA HERMANDAD Y ENTORNO AL CUAL SE CELEBRA LA FIESTA Y LUEGO DESPUES VIENE LA VAQUILLA, PERO SIEMPRE PRIMERO Y MAS IMPORTANTE SAN SEBASTIAN.

Anónimo dijo...

El cristianismo comenzó hace dos milenios, el catolicismo hace cinco siglos, pero las fiestas de invierno, con sus hogueras y sus cencerros para ahuyentar la oscuridad y los malos espíritus son fiestas paganas que se tienen su origen en el inicio de los tiempos del género humano. No todas las fiestas y celebraciones o diversiones han de depender de una fiesta religiosa, aunque la iglesia católica haya asignado un santo a cada una de las fiestas ya existentes antes de su constitución. Y por supuesto que las vaquillas son también anteriores al nacimiento de esta iglesia.

Los ritos en torno al fuego son los verdaderos protagonistas del invierno; las hogueras son la base sobre la que se apoyan la mayoría de las tradiciones y festividades en esta estación pues las tareas del campo exigen menor dedicación. Famosas son las hogueras que permanecen ardiendo toda la noche los días de San Sebastián y San Antón.

Hogueras y trucos, que como tantas otras celebraciones, tienen un origen pagano, hoy no son más que la cristianización de esos antiguos ritos que se celebran en torno al solsticio de invierno que da comienzo el 21 de diciembre, durante el mes de enero continúan las celebraciones que culminan en el mes de febrero con la celebración de los Carnavales

Las fiestas de “La vaquilla” que se celebran en muchos pueblos, tanto de la Comunidad de Madrid como de otras Comunidades, suelen coincidir en el adorno de la vaquilla con grandes cencerros que sirven para auyentar los malos espíritus.

Al cesar lo que es del cesar y a dios lo que es de dios. Las fiestas son para disfrutarlas todos los vecinos, no sólo los creyentes de una determinada confesión. Si ha de ser así, con hacer una misa y una procesión ya vale. Que dejen entonces la juerga para los que no necesiten de santos para divertirse.

laico dijo...

Las fiestas se conocen en el pueblo como La vaquilla de San Sebastián. Incluso, si veis la portada de la revistas La Estampa de 1935 en la que aparecen así se nombran.
Incluso el folleto que publicó el Ayuntamiento se llama únicamente "la vaquilla".
Las convicciones religiosas son cosas de cada uno, pero la fiesta es la de la vaquilla.
Muy interesante y muy ilustrativo el segundo comentario.
En cuanto al primero, recordarte, con toda educación, que en los foros escribir con mayúsculas equivale a gritar. Si no eras esta tu intención deberías haber escrito con minúsculas, a no ser, claro, que quieras "gritar".
Por cierto, os habéis fijado que el cura no asistió a los actos de la vaquilla...

Anónimo dijo...

¡Viva la vaquilla!