El pasado mes de agosto se dio a conocer un estudio de los
politólogos Marc Guinjoan, profesor de la Facultad de Derecho y Ciencias
Políticas de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), y Toni Rodon, del
Departamento de Ciencias Políticas y Sociales de la Universitat Pompeu Fabra
(UPF) que, entre otras cosas, concluía que si se duplica el gasto en fiestas en
el último año de legislatura, se incrementa los votos del partido gobernante en
2,5 puntos.
Que las fiestas tienen un carácter electoralista lo sabemos
desde hace mucho en Los Molinos. Lo de los 2,5 puntos más de votos si se gastan
los dineros suficientemente, eso ya sería mucho precisar.
Hoy empiezan las de Los Molinos. Las fiestas que tienen su
origen en la época de la cosecha de cereales. Las fiestas patronales, que se
les llama desde hace tiempo. La fiesta mayor, como le dicen en Catalunya.
Unas fiestas que en una comunidad agraria, ganadera y artesanal,
eran las del final del duro trabajo rural y se daban en unas fechas en las que
el clima solía ser confortable. Unas fechas que se convertían en el momento principal
del encuentro y del reencuentro, de hacer comunidad, de que surgieran nuevos
emparejamientos (y algunos deslices…) de burlarse un poco de los caciques y
hasta de exigirles que ya que tenían gastaran algo para la alegría de la
comunidad.
Casi nada de eso ha sobrevivido al turismo, a las segundas
residencias, a la masificación y, también, a la gentrificación, con la llegada
de nuevos vecinos y vecinas provenientes principalmente de Madrid y también de
la inmigración latinoamericana, marroquí y del Este de Europa.
Ahora tenemos un mixto que probablemente no satisface del
todo a nadie. Para algunos/as ya no son sus fiestas, ya no son las de “los de
aquí”. Recordemos la polémica que se montó hace años, cuando se pasó el día de
los niños/as a festivo, para que pudieran asistir todos. Algunos dijeron que
esa fiesta era para los de aquí, no para los chichipanes y que siempre se había
suspendido la actividad escolar ese día en el colegio de Los Molinos, que no
pasaba nada por seguir haciéndolo.
Incluso, cuando en el primer año de gobierno del PSOE-PLM-IU,
se intentó hacer unas fiestas más comunales, con mucho menos gasto (entre otras
cosas porque el Ayuntamiento era todo deudas) con actividades más sencillas,
cercanas e integradoras, fue mal recibido y, al año siguiente, el alcalde
decidió contratar más castillos hinchables que nunca: “Más que el PP”.
Entonces se habló de poner en marcha un nuevo tipo de
fiestas que respondieran a las nuevas realidades de Los Molinos. Unas fiestas
en las que participaran y se vieran reflejadas los vecinos y vecinas más recientes,
el colectivo marroquí, las personas provenientes de Ecuador y otros países
latinoamericanos, las personas de origen rumano, etc. Unas fiestas que tuvieran
también contenidos culturales, que demanda un sector importante de la
población. Algo se hizo. Sobre todo en este último aspecto, el cultural y
también en el de la participación de grupos musicales de jóvenes vecinos y
vecinas. Pero poco se hizo para que fueran un espacio también para otras
colectividades, fundamentalmente los y las inmigrantes. Hubo ideas, propuestas…
pero no se pusieron en marcha. ¿Sería porque la mayoría de las personas de esos
colectivos no votan? Volvemos al primer párrafo del artículo.
Las fiestas siguieron siendo novilladas, becerradas y
encierros, procesiones católicas, bailes con orquestas más o menos conocidas (cambiando
éstas según los gustos de quien gobierna: nostálgicas de los noventa, con bailarinas,
de pasodobles, de más o menos moda…)
Para otros/as nunca han sido sus fiestas y en ellas se les
ha hecho sentir, una vez más, que “no son de aquí”, que esto es lo que hay, que
si quieren se “integren” y que si no ya saben…
También durante tiempo se dijo que el gasto enorme que se
hace en las fiestas, por parte del Ayuntamiento (de nuestros bolsillos, claro)
se justificaba porque era el momento en que los bares y restaurantes hacían la
mayoría de sus ingresos. Pero ahora, con los cambios que trajo la pandemia, a
nuestros bares y restaurantes les va bien durante todo el año. Tanto es así que
alguno cierra precisamente durante las fiestas
Ahora nos encontramos con unas fiestas más electoralistas si
cabe y también, en la lógica del momento político, con unas fiestas más
ideologizadas aun, especialmente por el empeño en mantener lo taurino como enseña,
a pesar de que cada vez está más desteñida. Con carísimas novilladas (dos de las
tres con picadores, que son aún más caras). Que nos cuestan más de 150.000
euros (de los bolsillos de todos y de todas) que estarían mucho mejor empleados
en otras actividades e inversiones. Que son rechazadas por cada vez más
sectores de la población. Que se llevan al paroxismo de la iluminación también
taurinas y a los ridículos “actos culturales” también taurinos…

Otro componente de las fiestas ha venido siendo las
continuas referencias confesionales que se hacen en ellas, en los carteles, en
integrar actos de una religión dentro del programa… aunque este año el saluda
del alcalde ha rebajado el contenido confesional ¿Hay que recordar que según la
Constitución las instituciones del Estado tienen que ser aconfesionales?
Entendemos también que muchas personas católicas se sientan incómodas en esta
mezcla, con intereses electorales.
Los carteles de cada año son un reflejo. Sus protagonistas
en casi todos los toros y la imagen del cristo. Carteles que suelen ser muy
feos y de pésimo diseño y algunos, como el de este año, feísimo.
Las fiestas son importantes para la cohesión de una comunidad.
Eso deberían ser y a eso se deberían enfocar. A lo que nos une, a no excluir...
no a la autoafirmación de unas maneras de ver la vida y de una sola ideología.
Las fiestas también tendrían que ser mucho menos costosas,
más íntimas, más de poner en valor lo que aquí se hace, a nuestra gente, a los grupos
musicales locales… Es un anacronismo que paguemos, y muy caro, las novilladas
que solo interesan a una minoría. Quien quiere corridas y presume de su afición
taurina, debería ser coherente y pagárselas, como mínimo, y sin perder la vista del
debate sobre la ética de una actividad que es cada vez más cuestionada. Nunca,
ni el PP, ni el PSOE, que siguen diciendo que las novilladas son fundamentales
en las fiestas, se han atrevido a preguntar a la población si las queremos. Se
atreven a decir que la mayoría las quiere, pero no se atreven a someterlo a
consulta ¿Por qué será?
Y en eso de consultar a los vecinos y vecinas, a lo que tan
reacio es el PP, tiene una excepción parcial en las fiestas de septiembre. El
PP que proclama que ellos están en contra de la democracia participativa y que
para la democracia representativas ellos/as son los que tienen que tomar todas
las decisiones, en las fiestas consulta a un sector de los vecinos y vecinas,
pero solo al sector que participa activamente en las fiestas: las peñas. Y no
está mal, pero no se llama a otros sectores, organizados o no, a que den su opinión.
Como tampoco se consiente que los grupos municipales de la oposición (cinco
concejales/as de once) participen en el proceso y en las reuniones. De nuevo,
las fiestas como patrimonio de partido e ideología.
Si se diera esa participación, se podría hablar también de
los horarios, de los niveles de ruido, de si los fuegos artificiales deben ser
o no estruendosos, de la limpieza, de la seguridad… y de si vamos a seguir
siendo el único pueblo de la Mancomunidad de Servicios La Maliciosa, sin Punto Violeta para prevenir la violencia machista en las
fiestas.
Se podría hablar también de si el dineral que se gasta en
fiestas (más de 300.000 euros al año), que sale del bolsillo de todos y de todas,
pero que se pretende a mayor gloria del partido gobernante, tendría mejor
utilidad en tantas obras de mejora que requiere el pueblo, en gastos sociales,
en gastos culturales… y también en unas fiestas más cercanas, sencillas,
serenas e integradoras.
Claro que con unas elecciones tan cerca…