Las conquistas, los saqueos, los exterminios, los imperios... no se celebran
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domingo, 12 de octubre de 2025
lunes, 12 de octubre de 2020
viernes, 12 de octubre de 2018
12 de octubre, nada que celebrar, excepto la resistencia frente a los imperios
Los Estados, sean o no naciones, escogen sus días simbólicos. Nada que
objetar. Los mitos sirven para encubrir los vacíos y las mentiras.
El nuestro, siguiendo el bucle melancólico del imperio perdido, decidió que fuera el día en el que
unos emprendedores, financiados por varias familias poderosas y también por la corona Castellana
(no así la Aragonesa y menos la Navarra, que no formaba parte del mismo
conglomerado de reinos) avistaron tierras de lo que luego se llamaría América.
La manipulación de la Historia o, si lo queremos más suave, su
interpretación a posteriori, llevó a que el conservadurismo quisiera hacer
creer que ese 12 de octubre de 1492 fue un día glorioso. Así se enseñaba en las
escuelas, en las que el saber se medía recordando la fecha y cómo se llamaban
las tres carabelas (los más resistentes barcos de la época), cómo se llamaban
sus capitanes y hasta el nombre del vigía que, cumpliendo su oficio y su turno de trabajo, vio tierra
el primero.
La Historia oficial se olvidaba de exponer qué ocurrió después, tanto en las
tierras conquistadas, como en la gran Castilla que conquistaba.
Por un lado, las masacres, el genocidio cultural, la imposición de sistemas
de trabajo obligatorio, como la mita y la encomienda, la imposición de
una religión (incluso con rebaja de impuestos a quien se
"convirtiera" a la religión "verdadera") y la sumisión de
un gran continente a otras culturas y otros intereses económicos, fueron el
resultado terrible. Luego, esos espacios se independizaron, con hegemonía de
sus burguesías y, en su gran mayoría, sin conquistar sus raices y siguiendo
variantes del modelo europeo, pero todavía más dictatoriales.
Mientras, Castilla empezó su decadencia económica. Su producción local y sus
ciudades, sus artesanos, campesinos, ganaderos e industriales empezaron a dejar de ser
competitivos en un reino en el que sobreabundaba la plata y el oro traído de
las minas americanas. Hoy diríamos que la conquista creó una economía financiarizada,
donde la producción no era la clave y menos aun la exportación, pues esos
metales, extraidos a bajo coste, permitían comprar lo que se quisiera
en el punto que se quisiera (es aquello del intercambio desigual...).
Los
resultados se arrastraron durante doscientos
años en Castilla: pérdida de población en el interior, emigración hacia
los puertos y hacia
América, despoblamiento de lo que antes eran grandes ciudades,
destrucción de
los espacios de democracia local por un Estado que tenía recursos
financieros
para mantener grandes ejércitos, policías y funcionarios, guerras
exteriores de
conquista (y más emigración como mercenarios de la corona), enorme
crecimiento
de la riqueza de los más ricos, pobreza de los más pobres y de los menos
pobres también, pero eso sí, muchas iglesias, catedrales, conventos,
palacios y tercios mercenarios...
Solo
el destello comunero, más los hirmandiños y las germanías, intentaron
frenar esa deriva que empezaba a convertir unos reinos poblados,
descentralizados y productivos
en un Estado cada vez más vacío, menos productivo, más centralizado y
dependiente de la llegada de los galeones de
América. Los comuneros, asesorados por frailes con importantes
conocimientos de
economía (los de la escuela de Salamanca), llegaron a pedir que se
eliminaran la mita y la encomienda, porque
permitían la producción con trabajo semiesclavo a bajos precios, que
anulaba la
de la Península, y la traída de plata y oro, porque consideraban que la
auténtica riqueza estaba en lo que se producía y no en las finanzas.
Batallas
de los ejércitos mercenarios de la corona, pagados con plata americana,
contra los ejércitos y milicias de las ciudades... derrotas militares,
cabezas cortadas
y centralismo despótico terminaron con ese movimiento tan avanzado.
Tampoco por nosotros/as hay nada que celebrar.
Adolfo Rodríguez Gil (Esta es una entrada ya publicada en este blog)
Adolfo Rodríguez Gil (Esta es una entrada ya publicada en este blog)
jueves, 12 de octubre de 2017
12 de octubre, nada que celebrar
Los Estados, sean o no naciones, escogen sus días simbólicos. Nada que
objetar.
El nuestro, siguiendo el bucle melancólico del imperio perdido, decidió que fuera el día en el que unos emprendedores, financiados por varias familias poderosas y también por la corona Castellana (no así la Aragonesa y menos la Navarra, que no formaba parte del mismo conglomerado de reinos) avistaron tierras de lo que luego se llamaría América.
La manipulación de la Historia o, si lo queremos más suave, su interpretación a posteriori, llevó a que el conservadurismo quisiera hacer creer que ese 12 de octubre de 1492 fue un día glorioso. Así se enseñaba en las escuelas, en las que el saber se medía recordando la fecha y cómo se llamaban las tres carabelas (los más resistentes barcos de la época), cómo se llamaban sus capitanes y hasta el nombre del vigía que, cumpliendo su oficio y su turno de trabajo, vio tierra el primero.
La Historia oficial se olvidaba de exponer qué ocurrió después, tanto en las tierras conquistadas, como en la gran Castilla que conquistaba.
Por un lado, las masacres, el genocidio cultural, la imposición de sistemas de trabajo obligatorio, como la mita y la encomienda, la imposición de una religión (incluso con rebaja de impuestos a quien se "convirtiera" a la religión "verdadera") y la sumisión de un gran continente a otras culturas y otros intereses económicos, fueron el resultado terrible. Luego, esos espacios se independizaron, con hegemonía de sus burguesías y, en su gran mayoría, sin conquistar sus raices y siguiendo variantes del modelo europeo, pero todavía más dictatoriales.
Mientras, Castilla empezó su decadencia económica. Su producción local y sus ciudades, sus artesanos, campesinos, ganaderos e industriales empezaron a dejar de ser competitivos en un reino en el que sobreabundaba la plata y el oro traído de las minas americanas. Hoy diríamos que la conquista creó una economía financiarizada, donde la producción no era la clave y menos aun la exportación, pues esos metales, extraidos a bajo coste, permitían comprar lo que se quisiera en el punto que se quisiera (es aquello del intercambio desigual...).
Los resultados se arrastraron durante doscientos años en Castilla: pérdida de población en el interior, emigración hacia los puertos y hacia América, despoblamiento de lo que antes eran grandes ciudades, destrucción de los espacios de democracia local por un Estado que tenía recursos financieros para mantener grandes ejércitos, policías y funcionarios, guerras exteriores de conquista (y más emigración como mercenarios de la corona), enorme crecimiento de la riqueza de los más ricos, pobreza de los más pobres y de los menos pobres también, pero eso sí, muchas iglesias, catedrales, conventos, palacios y tercios mercenarios...
Solo el destello comunero, más los hirmandiños y las germanías, intentaron frenar esa deriva que empezaba a convertir unos reinos poblados, descentralizados y productivos en un Estado cada vez más vacío, menos productivo, más centralizado y dependiente de la llegada de los galeones de América. Los comuneros, asesorados por frailes con importantes conocimientos de economía (los de la escuela de Salamanca), llegaron a pedir que se eliminaran la mita y la encomienda, porque permitían la producción con trabajo semiesclavo a bajos precios, que anulaba la de la Península, y la traída de plata y oro, porque consideraban que la auténtica riqueza estaba en lo que se producía y no en las finanzas. Batallas de los ejércitos mercenarios de la corona, pagados con plata americana, contra los ejércitos y milicias de las ciudades... derrotas militares, cabezas cortadas y centralismo despótico terminaron con ese movimiento tan avanzado.
Tampoco por nosotros/as hay nada que celebrar.
El nuestro, siguiendo el bucle melancólico del imperio perdido, decidió que fuera el día en el que unos emprendedores, financiados por varias familias poderosas y también por la corona Castellana (no así la Aragonesa y menos la Navarra, que no formaba parte del mismo conglomerado de reinos) avistaron tierras de lo que luego se llamaría América.
La manipulación de la Historia o, si lo queremos más suave, su interpretación a posteriori, llevó a que el conservadurismo quisiera hacer creer que ese 12 de octubre de 1492 fue un día glorioso. Así se enseñaba en las escuelas, en las que el saber se medía recordando la fecha y cómo se llamaban las tres carabelas (los más resistentes barcos de la época), cómo se llamaban sus capitanes y hasta el nombre del vigía que, cumpliendo su oficio y su turno de trabajo, vio tierra el primero.
La Historia oficial se olvidaba de exponer qué ocurrió después, tanto en las tierras conquistadas, como en la gran Castilla que conquistaba.
Por un lado, las masacres, el genocidio cultural, la imposición de sistemas de trabajo obligatorio, como la mita y la encomienda, la imposición de una religión (incluso con rebaja de impuestos a quien se "convirtiera" a la religión "verdadera") y la sumisión de un gran continente a otras culturas y otros intereses económicos, fueron el resultado terrible. Luego, esos espacios se independizaron, con hegemonía de sus burguesías y, en su gran mayoría, sin conquistar sus raices y siguiendo variantes del modelo europeo, pero todavía más dictatoriales.
Mientras, Castilla empezó su decadencia económica. Su producción local y sus ciudades, sus artesanos, campesinos, ganaderos e industriales empezaron a dejar de ser competitivos en un reino en el que sobreabundaba la plata y el oro traído de las minas americanas. Hoy diríamos que la conquista creó una economía financiarizada, donde la producción no era la clave y menos aun la exportación, pues esos metales, extraidos a bajo coste, permitían comprar lo que se quisiera en el punto que se quisiera (es aquello del intercambio desigual...).
Los resultados se arrastraron durante doscientos años en Castilla: pérdida de población en el interior, emigración hacia los puertos y hacia América, despoblamiento de lo que antes eran grandes ciudades, destrucción de los espacios de democracia local por un Estado que tenía recursos financieros para mantener grandes ejércitos, policías y funcionarios, guerras exteriores de conquista (y más emigración como mercenarios de la corona), enorme crecimiento de la riqueza de los más ricos, pobreza de los más pobres y de los menos pobres también, pero eso sí, muchas iglesias, catedrales, conventos, palacios y tercios mercenarios...
Solo el destello comunero, más los hirmandiños y las germanías, intentaron frenar esa deriva que empezaba a convertir unos reinos poblados, descentralizados y productivos en un Estado cada vez más vacío, menos productivo, más centralizado y dependiente de la llegada de los galeones de América. Los comuneros, asesorados por frailes con importantes conocimientos de economía (los de la escuela de Salamanca), llegaron a pedir que se eliminaran la mita y la encomienda, porque permitían la producción con trabajo semiesclavo a bajos precios, que anulaba la de la Península, y la traída de plata y oro, porque consideraban que la auténtica riqueza estaba en lo que se producía y no en las finanzas. Batallas de los ejércitos mercenarios de la corona, pagados con plata americana, contra los ejércitos y milicias de las ciudades... derrotas militares, cabezas cortadas y centralismo despótico terminaron con ese movimiento tan avanzado.
Tampoco por nosotros/as hay nada que celebrar.
Adolfo Rodríguez Gil
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